El ombligo del mundo [Creación de Personajes]

Razón, sentimientos y pasiones. Mente, espíritu y cuerpo. El alma se divide en tres. ¿En cual reside el deseo?
Director: Avhin.
Jugadores: Figaro, Gadea, Sir Alexander, Adisabeba, SamuelVimes.
Jugadores Reserva: --
Plazas libres: --
Periodicidad de los turnos: 1 por semana.

Moderador: Avhin


Re: El ombligo del mundo [Creación de Personajes]

Notapor Arlekín » Jue, 11 Dic 2008 14:20

Ector Keaton

Guardados en mi memoria quedaron algunos recuerdos inolvidables, dolorosos… todos y cada uno de ellos gritan, vociferan, claman venganza.
Desde el 10 de Mayo de 1980 he estado perdido en el mundo. Vagando en una realidad idealizada fruto de la juventud y la inexperiencia. Sobre todo en mi infancia. Nadando en la felicidad que da la ingenuidad. Era un chico introvertido, observador y tímido víctima de las burlas y la crueldad del resto de los niños, como era natural en esas edades. Ahora río al recordar esa etapa. Con mucho la más feliz. Crecí tomando nota de todo aquello que mis ojos captaban. Mis padres, ambos profesores, supieron educarme bien, enseñándome muchos valores de entre los que destaco la lealtad y la nobleza. Virtudes que quedaron grabadas, arraigadas en mi forma de ser. Puedo decir que tuve una infancia feliz. Sin conflictos familiares, sin horrores externos. Tan sólo mi familia y yo: Entre semana ellos trabajaban en la universidad así que me dejaban con mis abuelos. Y recuerdo con cierta nostalgia esas salidas: los sábados al campo, tras el almuerzo en casa de mis abuelos maternos y la misa de los domingos, previa a la comida con los paternos. En realidad mi madre era la religiosa. Yo, como todos los niños de mi edad, fui bautizado e hice mi primera comunión por deseo de ella. Mi padre, no puedo decir que fuera ateo, más bien escéptico. El afirmaba: “Yo creo en lo que veo”. Con respecto a mis abuelos: los paternos me enseñaron a jugar a las cartas, el parchís y la oca, además mi abuelo y yo fabricábamos hondas y tirachinas con los que practicábamos en el descampado junto a las vías del tren. Por parte de mi madre venían las chuches, los regalitos y las grandes caminatas en las que me contaban historias pasadas. Qué tiempos aquellos…
Fui creciendo y adquiriendo un hobby. En mis ratos libres me dedicaba a observar al mundo que me rodeaba. Desde edad muy temprana. Los miraba sentado en el banco del parque junto a la gran fuente; en las paradas del autobús, esperando al que me llevaría a mis clases de violín por las tardes; en la plaza mientras mi madre compraba; en la cafetería… escribía lo que veía. Imaginaba cómo eran sus vidas por la ropa que llevaban y cómo actuaban. Creaba personajes desde sus imágenes que llenaban mis historias inspiradas en los grandes autores. Ellos eran mis mentores en el arte de la escritura. Así pasaron mis días. La escuela sustituyó al instituto. Por estas fechas recuerdo que llegué a enamorarme de mis personajes, de los individuos de mi entorno; no era el amor como vulgarmente se le conoce, era otro sentimiento similar, agradable, pacífico…
Me agradaba mi vida. Tras el día a día llegué a conocer a la gente de mi pueblo. Quizás más que ellos mismos. Utilizaba ese conocimiento para alentarles, ayudarles, hacerles un poquito más felices con una frase dicha en el momento apropiado.
Así llegué al último curso antes de la carrera. Coincidí con Ángela en la misma clase. Le gustaba vestir con pantalones ceñidos pero sudaderas anchas. Casi siempre llevaba el pelo suelto, una preciosa melena castaña y lisa. Sus andares femeninos la delataron. Había cambiado, se había cortado el pelo, le habían crecido los pechos, en definitiva, creció. Pero mantenía esa mirada esmeralda inocente. Durante el primer trimestre coincidimos varias veces. Momentos esporádicos. Fue al comienzo del segundo cuando entablamos nuestra primera conversación. Aproveché la ocasión y dije lo oportuno, la conocía, sabía qué le gustaba. Supe conquistarla y cometí el error de enamorarme. El tres de Marzo comenzamos a salir, convirtiéndose en la protagonista de mis historias. Yo la atendía a ella ignorando al resto del mundo. Algo que no les gustó a los que ya me conocían. Se habían acostumbrado a mis palabras oportunas molestándose al no recibirlas. Pero no me importó.
Finalizó el curso y aprobé selectividad aunque sin haber decidido una carrera en concreto. Comenzó el verano con el proyecto de escribir un libro. Ingenuo e infantil vivía en mi mundo de rosas. Todo terminó el 20 de Agosto. Mi madre fue víctima de un atropello con fuga. Las dos semanas siguientes fueron angustiosas, el hospital se convirtió en nuestra segunda vivienda. La tercera la pasé embobado mirando su lápida sin entender nada. Cómo de la noche a la mañana las rosas se habían convertido en malvas. Mi mundo estaba destrozado, rodeado por un halo de un negro depresivo. La familia entera se derrumbó. El velatorio y el entierro los pasé mirando al suelo recibiendo hipócritas pésames de gente que previamente preguntaban si yo era el hijo de Susana. El único aliento era Ángela hasta que expiró en Septiembre dejándome sin aire. Para darle una sorpresa me llegué un día a su casa, me había hecho el enfermo para ausentarme en el trabajo, necesitaba estar con ella. Al llegar observé desde el otro lado de la calle como dejaba pasar a Samuel. Un antiguo compañero de clase. Por primera vez en mi vida sentí el aguijonazo de los celos. Entré en el portal del piso de enfrente. Su casa se encontraba en la cuarta planta. Subí lleno de odio y llamé a la puerta de una de las dos viviendas. Me recibió Leonor, la mujer mayor que siempre paseaba sola y daba de comer a las palomas. “Buenas tardes, Leonor. Verá, soy voluntario en un proyecto social en el que jóvenes de la ciudad visitan a abuelos de la tercera edad para conversar, además estoy escribiendo un libro y me ayudaría ¿su marido fue a la guerra? Era obvia la respuesta, ella contaba con 80 años, la guerra del 36 le pilló con 21 años. Cortés mente me dejó pasar. Elegí un asiento que me permitiera ver con claridad el piso de enfrente, concretamente la ventana del cuarto de Ángela. Y ahí estaban, devorándose el uno al otro mientras se arrancaban la ropa. Mantuve el tipo con la anciana. “… y Jorge estuvo varios meses escondido en la sierra. Nunca se recuperó del todo de la pulmonía que cogió, dormía a la intemperie ¿sabes? Huyendo y espiando desde la distancia. Me contó que una vez le dijo a un soldado del bando contrario mientras le apuntaba con su escopeta: El que no teme a la muerte la hace penetrar en filas enemigas. En un momento dado de la vida, morimos sin que nos entierren. Se ha cumplido nuestro destino. El mundo está lleno de gente muerta, aunque ella lo ignore”. Tomé nota de la conversación. Tras ella volví a casa.
Esas navidades no hubo fiesta para mí. No hubo palabras de aliento, ni amigos.
En los años siguientes al 1995 mi padre sucumbió al alcohol y al juego. Yo me esforzaba por mantener todo aquello que era importante para mi madre, trabajando por la mañana en una gasolinera y tarde y noche de camarero en un café restaurante. Ya no me quedaba tiempo para observar y menos para escribir. Mi abuela paterna sucumbió tras varios infartos cerebrales y su marido fue condenado a una residencia de ancianos para esperar su momento. A mi abuela materna le diagnosticaron alzhéimer y mi abuelo tenía demasiados problemas. Supe quien atropelló a mi madre por una esquiva conversación en un coche al que abastecía. El 13 de enero de 2006 un policía muy bien uniformado me comunicó la muerte de mi padre y me invitó cortésmente a reconocer el cadáver. Cuando lo vi supe que bajo ese cuerpo hinchado, de huesos rotos y cardenales estaba él. Se había reunido con mamá. La familia se completaría de nuevo. Esa tarde fui a la residencia. Aquel que en tiempos pasados me enseñaba a hacer mil y una travesuras con el tirachinas me observó con sus profundos ojos aguamarina. Me senté a su lado y le di la noticia. Jamás olvidaré lo que respondió: Es más fácil soportar la muerte sin pensar en ella, que mantenerla en el pensamiento sin morir. Volví hundido, fui al restaurante y atendí a un grupo de hombres que presumían de la paliza que le habían dado a algún desafortunado en un ajuste de cuentas. Cuando llegué a casa reflexioné sobre la cama. Resultó en una conclusión: La muerte es un castigo para algunos, para otros un regalo y para muchos un favor. Va siendo hora de que vuelva a hacer favores. Mi mundo de rosas se había convertido en un jardín lleno de malvas. Pero las malvas más bonitas crecen en los cementerios. Usan de abono los cuerpos sin vida de aquellos que perecieron.
Cambié de aires. Ahora estoy recién instalado en Nueva York. Tumbado en mi cama, recordando por última vez, rodeado de cajas y embalajes que esperan un lugar en este nuevo hogar. Deseoso de comenzar una nueva vida. Mi verdadera historia comienza ahora.
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Re: El ombligo del mundo [Creación de Personajes]

Notapor Deanor » Mie, 25 Feb 2009 14:59

Kevin Cassidy

-Sujeto: Cassidy, Kevin (28)
-Formulario: Evaluación psicológica rutinaria
-Motivo del informe: Agente herido en acto de servicio (Miles Conrad, compañero del sujeto)
-Solicita el informe: Effern Mayers, supervisor del agente Cassidy.
-Realiza la Evaluación: Dra. Sandra Bucowitz, adscrita al F.B.I. (New York)


Kevin cassidy, hijo único de Glenn Cassidy (Fallecido) y Giovanna D'Adriano Cassidy (Jubilada). Llegado al mundo un primero de Junio en Brooklyn, New York, Kevin es hijo de un patrullero y una enfermera, él descendiente de irlandeses y ella inmigrante italiana. Tener al grueso de su familia patrullando las calles de la ciudad donde creció sirvió para mantenerlo en el camino recto, aunque tuvo sus correrías y sus travesuras como cualquier chaval. No se aprecian traumas significativos para esta valoración.

Se acostumbró a ganarse la vida y en cuanto tuvo edad cogió pequeños trabajos en el puerto con vistas a pagarse la carrera. Sus esfuerzos le consiguieron una plaza en la Universidad de Columbia, alquilando una habitación en una casa de huespedes cercana y compaginando los estudios con trabajos que le dejaban algo de tiempo libre, gracias al dinero ahorrado.

Durante este tiempo se enamoró de una compañera de Universidad, Martha Sheppard, hija de padres pudientes a quien esperaba un brillante futuro como abogada. Fueron pareja durante casi un año hasta que los sentimientos se enfriaron.

A mediados del siguiente curso Kevin recibió la noticia de la muerte de su padre, arrollado durante el servicio por un conductor borracho. Repuesto del trance y decidido a sacar su carrera aunque fuera a trompicones, su persistencia le acaba consiguiendo un lugar en el FBI, llevando a cabo un adiestramiento previo tras graduarse. Aprende los entresijos del oficio junto a un viejo agente llamado Miles Conrad con él que entabla una profunda amistad.

El sujeto muestra en general un cierto aislamiento respecto a sus compañeros, superado mediate su colaboración con el agente Conrad, entablando buena relación con toda la familia de este. Satisfecho de rumbo de su vida, Kevin se aplica a su trabajo con ilusión. Alquila un pequeño apartamento, acude a cenar de cuando en cuando a casa de Conrad, donde su esposa Anna y las pequeñas, dos hermanas chinas adoptadas de cinco y siete años, le proporcionan un ambiente familiar que refuerza su estabilidad. Conoce a la hija de la hermana de su compañero, la joven Judith, surgiendo una intensa atracción entre ambos que parece llevar al inicio de una relación de pareja tras coincidir en el aniversario de boda de los Conrad.

Sin embargo en menos de una semana Miles Conrad termina en un hospital y Cassidy es señalado responsable de la tragedia. Se sumerge en un estado de amargura reforzado por el rechazo que encuentra y del que es partícipe a su vez. Cae en desgracia entre sus compañeros y su prometedor romance con Judith se enfría sin remedio. Acude a reuniones con esta psicóloga para valorar si es apto para el servicio conforme a las normas, ofreciendo una actitud defensiva. Decide volcarse en el trabajo en busca de una ocasión de enfocar sus energías hacia delante y evitar hundirse finalmente.


Conclusión:

El agente Cassidy está desorientado. Consiguió el empleo que quería y ahora puede perderlo por un error. Trata de demostrar que puede hacer su trabajo, uno satisfactorio que le deparará muchos retos día tras día. Esta incognita en su vida lo mantiene en vilo, reforzando su caracter introvertido. Es dado, sin embargo a ocasionales estallidos pasionales cuando llega al límite, generalmente airados, aunque también lo demuestra en el plano sentimental. En el fondo es consciente de que no debería dejar que las cosas llegaran al extremo pero no está lo bastante centrado para ponerle remedio.

Cassidy lucía desde que ingresó en el Buró un pulcro aspecto, pero desde que inició las sesiones de evaluación psicológica muestra un creciente descuido. Corbata deficientemente anudada, manchas de cafe en el traje, ausencia de gomina que hace que el pelo le caiga sobre los ojos, puntualmente aparece sin haberse afeitado. Su aspecto atletico y sus rasgos le ayudan a sobrellevar este aspecto, pero se aprecia un desorden emocional en estos síntomas.

Recomendamos proseguir sesiones de terapia para mejor valoración, pero es pronto para recomendar que sea apartado del servicio.
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