por SirAlexander » Sab, 17 Nov 2007 0:30
Roy O'Connor
Roy nació en Brooklyn el día 15 de junio de 1981, hijo único de un Policía y de una Bioquímica que vivían en un edificio de departamentos de clase media baja. Ethan y Maureen son ambos descendientes de irlandeses, católicos, y con una mentalidad científica. De hecho Ethan fue forense de la policía y ahora dirige un grupo de investigación del CSI de NY. Maureen está retirada de la docencia y es la propietaria de un importante laboratorio. El chico creció a la sombra de dos gigantes y siempre, sin importar cuan grandes fueran sus logros, sintió que lo que hacía no era suficiente para alcanzar y complacer a sus progenitores. Esto no es así, sus padres lo aman y están orgullosos de su hijo, pero no hay peor alimento para una persona elitista que el éxito de sus padres.
Quizá para entender mejor al niño haya que hablar primero de los padres. Cuando Roy nació su madre acababa de graduarse de bioquímica y su padre trabajaba hacía un año como ayudante del forense del precinto. Vivían en un departamento de dos ambientes, y hasta el momento se mantenían con el sueldo de Ethan y con el dinero que obtenía Maureen por el dictado de clases en la universidad y particulares. Dicen que los niños nacen con un pan bajo el brazo, y en el caso de la familia O’Connor Roy parecía traer una pastelería. Cuando el chico cumplió dos meses de vida ascendieron a su padre al rango de teniente y quedó el de forense del precinto cuando su antiguo jefe fue ascendido a capitán. El aumento de sueldo ayudó a que se mudaran, y cuando finalmente terminó la licencia por maternidad, a su madre la esperaban varias ofertas para formar parte de equipos de investigación en la universidad y en el sector privado. Maureen eligió la universidad, aunque significaría un ingreso menor le daba la oportunidad de acceder más fácilmente a los doctorados.
El crecimiento de Roy estuvo marcado por los respectivos ascensos de sus padres, y los consecuentes aumentos de sus sueldos. El departamento de Brooklyn fue reemplazado por otro en una mejor zona cuando el chico tenía tres años, y eso significó que entrara en una escuela con mejores posibilidades cuando alcanzó la edad adecuada. Aún así su estancia en dicha escuela duró un par de años, ya que un ascenso de su padre permitió a la familia mudarse a Manhattan cuando Roy tenía ocho años. El cambio coincidió con el despertar de un don latente en el chico, sus sueños tenían la desagradable costumbre de convertirse en realidad, y en su inocencia y desinformación Roy se consideraba responsable por las consecuencias de los mismos. No lo ayudó el que sus padres rechazaran de plano la existencia de lo sobrenatural mas allá de su Dios, el ambiente racional que se respiraba en la casa sofocaba toda aproximación al tema. Roy se fue volviendo cada vez más introvertido, y no hubo tratamiento pedagógico ni psicólogo que pudiera dilucidar el por que del hecho. El chico se había prohibido hablar de sus sueños, sin embargo pasaba horas frente al televisor mirando las noticias cuando sus padres no lo notaban, alimentando su culpa con los males que su mente provocaba. Todo terminó un año más tarde, de un día para el otro Roy volvió a ser el chico alegre y despreocupado que sus padres conocían. Tan pronto como pasó la conmoción por el accidente que causó la muerte de uno de sus compañeros, el hijo de Ethan y Maureen retornó a sus juegos despreocupados y a sus acostumbradas buenas notas. Los padres respiraron aliviados y dieron por terminado el hecho, no queriendo ahondar en los motivos que habían provocado el decaimiento de su hijo. Sin embargo el don no había desaparecido, la noche anterior a la muerte de su compañero Roy había soñado, el dolor de haber matado a su amigo había sido demasiado para él, en su desesperación enterró el don de la premonición profundamente en su alma.
Los ascensos de sus padres se sucedieron, la situación económica de la familia iba en ascenso y para cuando Roy cumplió su cumpleaños número quince vivían en un penthouse de Manhattan, económicamente hablando el chico tenía la vida hecha. Su madre era una celebridad en su campo, descubridora de un complejo enzimático que ayudaba a combatir enfermedades degenerativas, las ofertas para pasarse al campo privado le llovían. Su padre, entre tanto, había sido convocado para formar parte del primer equipo de CSI de la ciudad. Ambos había aparecido al menos una vez en la televisión, y eran objeto regular de artículos en las revistas relacionadas con su campo de trabajo. Roy se esforzaba, sin embargo ser el primero de su clase no alcanzaba a sus ojos para ser digno de sus superpadres. Estaba en el equipo de atletismo de su colegio, sacaba excelentes notas, formaba parte del club de ciencias, y aún así sus padres le pedían que tuviera una vida social. Ethan y Maureen estaban preocupados por su hijo, veían como poco a poco dejaba de lado a sus amistades para encerrarse en los libros, sin embargo él veía esa preocupación como un reclamo, como una manera de decirle que no era digno de ser su hijo. Cuando llegó el momento de elegir universidad, todas en las que había aplicado habían respondido, sus notas académicas eran impecables y destacaba en al menos tres disciplinas olímpicas, lo cual lo hacía un candidato más que deseable.
Se decidió por el MIT, aún sin saber a que especialidad se dedicaría sabía que las ciencias eran su pasión. Ingresó en el equipo de atletismo de la universidad y ya se disponía a seguir con su ritmo suicida cuando descubrió que la vida social del Campus ofrecía posibilidades más que interesantes. El primer año pasó demasiado rápido para que él pudiera darse cuenta de lo que sucedía, y como todo lo que pasa demasiado rápido terminó estrellado. Drogas, mujeres, alcohol… a punto estuvo Roy de perder la beca, de no ser por la intervención disimulada de sus padres que pagaron por el año perdido la historia del joven hubiera sido otra. El rector de la universidad tuvo una charla con él, sus padres jamás fueron mencionados, en lugar de eso apeló a su buena voluntad y al sentido de responsabilidad del joven. Roy prometió encaminarse y a partir de ese momento se dedicó a estudiar sin sacrificar demasiado su vida social.
El paso por la universidad fue un respiro para Roy, lejos de sus padres pudo concentrarse en sus propios deseos y necesidades, y a la distancia aprendió a comprender que era una persona separada de sus progenitores. Entendió finalmente que sus padres no pretendían que los igualara, sino que buscaban su felicidad. Sin embargo se hizo el firme propósito de jamás depender de ellos y tuvo más de una discusión con su madre cuando esta pretendió que dejara un trabajo a medio tiempo. Durante los seis años que estuvo en la universidad tuvo cuatro novias, dos de las cuales presentó a sus padres y pasaron las vacaciones de verano con ellos. Charlotte era una estudiante de sistemas informáticos con la que estuvo durante el segundo año, sin embargo la relación se cortó al poco tiempo de recomenzar las clases después de las vacaciones. No había causa aparente para terminar y sin embargo Roy no podía soportar su compañía, por lo que decidió cortar por lo sano. Tres meses más tarde conoció a Marie, una estudiante de biología, todo parecía marchar sobre ruedas hasta que volvieron de las vacaciones. Esta vez Roy descubrió lo que le pasaba, aparentemente el hecho de que sus padres aprobaran la relación le hacía perder el interés. Con la siguiente, Deborah, decidió obviar las presentaciones, sin embargo cuando volvió de las vacaciones con sus padres se encontró con que la chica le había encontrado reemplazante, falta de interés fue el veredicto. Con Eireen las cosas fueron mejor, era compañera suya en el equipo de atletismo, estudiaba robótica y tenían en común unos padres exitosos. La relación estaba basada en verdades y de común acuerdo decidieron no presentarse a sus respectivos padres. Lamentablemente la relación terminó cuando Eireen fue raptada por un grupo de protesta para castigar a su padre, un magnate financiero, por crímenes contra la humanidad. El FBI consiguió seguir la pista de los captores y la chica fue rescatada luego de una balacera, pero los abusos a los que había sido sometida la chica le habían quebrado la mente. Drogas, violaciones repetidas, golpes, quemaduras, los fanáticos no habían dejado de lado ningún método de tortura que tuvieran a su alcance. Roy intentó en vano hacerla volver de su mundo durante meses y finalmente, a instancias de los padres de la chica, decidió dejarlo en manos de los médicos y volvió a vivir su vida. Sin embargo desde ese momento no pudo mantener una relación estable, cuando un flirteo amenazaba convertirse en algo más automáticamente cortaba lazos y partía con otro rumbo.
Cuando terminó la universidad decidió entrar en el FBI, tenía la intención de ayudar a combatir a los criminales como los que habían destruido a Eireen, y sin darse cuenta seguía los pasos de su padre. Terminó el año de academia con las mejores notas, a pesar de ser de extracto universitario, algo que la mayoría de los agentes provenientes de otras fuerzas despreciaban, supo ganarse a pulso el respeto de sus compañeros. Hace tres años que forma parte del FBI, y nunca lo asignaron a un caso de secuestro. Sus superiores saben del caso que lo impulsó a entrar, sin embargo consideran que aún está muy fresco en su memoria.
Cuando ingresó a la fuerza lo asignaron a trabajar con un viejo agente, el hombre había sido policía y ya estaba cerca de su retiro, su especialidad eran las sectas. Quizá como un tic adquirido el hombre tiraba las cartas, sabía leer el tarot y lo interpretaba maravillosamente. Lo hacía como un Hobby, aunque más de una vez Roy lo había visto a Richard hacer una tirada rápida antes de salir a resolver un caso. Richard había muerto un año más tarde durante una redada. Una tabla podrida en un segundo piso había precipitado su cuerpo hacia el vacío definitivo. Del viejo Richard, Roy conservaba dos cosas, su eterna sonrisa y el mazo de cartas de tarot. Se había aficionado a las cartas, a tirarlas para leer en ellas, había conseguido varios libros sobre el tema y elucubraba sus propios cálculos matemáticos acerca del azar y el destino. Pero había algo más que el no notaba, poco a poco, a través de sus tiradas y lecturas, el viejo don de la premonición despertaba nuevamente.
En sus tres años en el departamento de investigación de sectas había visto cosas muy extrañas, hechos que desafiaban a la naturaleza, a la lógica y a las leyes de la física. Sabía que algo más estaba a la vuelta de la esquina, siempre un paso más adelante, de alguna forma intuía que ninguna fórmula matemática terminaría de explicar del todo el destino. Fue en esos años que el vicio del tabaco pasó a formar parte de su rutina diaria, y al día de hoy es difícil verlo sin un cigarrillo en los labios cuando está investigando algo.
Roy vive en un departamento de dos ambientes en un buen barrio de Brooklyn, aun a pesar de que sus padres le ofrecieron comprarle una casa en donde quisiera, o quizá precisamente por eso. El departamento es una mezcla de residencia de soltero, biblioteca, y nido de amor. Por lo general lo mantiene relativamente ordenado y prefiere cocinar él a pedir comida afuera. Tiene una hora de viaje a la oficina, y a menos que luego deba salir a algún lado prefiere usar el subterráneo a su propio vehículo. Su vida sexual es activa, al menos una vez a la semana, generalmente en sábado, consigue alguna mujer que lo acompañe a la cama, sin embargo las relaciones no suelen durar más de la primera noche, y en las contadas ocasiones en las que repite es con alguna amiga con los mismos intereses por el compromiso que él.
Esta noche una llovizna primaveral cae sobre Manhattan, el agua fría intenta lavar el hollín de los edificios sin éxito. En un pequeño cementerio privado, al lado de una capilla metodista, dos hombres y una mujer arrojan un puñado de tierra húmeda sobre un ataúd de cedro. El cura observa la escena bajo su paraguas, y bajo el alero de la capilla tres hombres con palas esperan su turno fumando un cigarrillo. La lápida a su lado reza “Eireen McNamara, Que los ángeles guíen tu alma, 02, 19, 1980 / 11, 15, 2007”. El agua resbala por el rostro de Roy, los padres de Eireen contemplan por última vez el cajón que contiene los restos de su pequeña. Las lágrimas de los tres, confundidas con la lluvia, mojan la hierba a sus pies. La joven había progresado mucho en los cuatro años transcurridos desde el incidente, de no emitir sonido había pasado a balbucear, de allí a los gritos había habido un paso. El terapeuta decía que eso la ayudaría, si alguna vez quería llevar una vida normal debía recordar, aceptar lo ocurrido, y sanar las heridas. Un descuido de la enfermera y un espejo que no debía haber estado a su alcance dieron a Eireen el arma necesaria para quitarse la vida. En algún punto, tanto Roy como los padres de la chica, consideraban que probablemente fuera mejor así, o mas pesadillas para la bella Eireen. Sin embargo el dolor para ellos era real, la pérdida definitiva de la que había sido una joven brillante y amorosa era demasiado en ese momento para las tres personas que más la habían querido. Roy sabía que de allí irían a cenar, probablemente nadie diría nada al principio, pronto aparecerían las anécdotas, las risas se mezclarían con las lágrimas y el largo camino de la sanación comenzaría para los tres. Sin embargo el quería llorar hasta quedar inconsciente, ni siquiera había llamado a la rubia pulposa que lo esperaba en un café para cancelar la cita. Una fibra dentro de él le decía que esperaba esa llamada que había cambiado su día, y sin embargo seguía pensando cuan sorpresiva había sido.