por Deanor » Vie, 22 May 2009 1:02
Kevin Cassidy
Finalmente el odioso indivíduo se largó dejándome con la cabeza como un bombo. Si hubiera tenido mi arma conmigo creo que le hubiera volado la otra pierna. Parecía creer que me había sacado información muy relevante. Quzá era así, pero yo no tenía humor para soportar a semejante cerdo con lo que ya tenía encima por mi propia cuenta. El hecho de que necesitara sonsacarme me inducía a pensar que desconocía el destino de Nancy, pero el mundo está lleno de cortinas de humo y es mejor mandar a un sabueso a seguir el rastro equivocado antes que eliminarlo, porque eso atraería al resto de los sabuesos.
Pero ahora tenía a mi madre delante y ya con eso tenía más que suficiente. Joder, años de independencia, de ganarme la vida y vivir por mi cuenta y me tiene que ver justo cuando estoy postrado con un pijama que no me tapa el culo.
-Hola, mamá-, dije apenas, todavía rojo de ira y asegurándome de perder de vista a ese cabrón. Ya le volvería a ver en otra ocasión, quizá con un abogado delante, quizá sin testigos.
-¿Te parece forma de saludar? ¿Cómo estás? Me has dado un susto de muerte-, me dijo besándome en la frente tras sentarse a mi lado en el colchón.
-Sobreviviré, mamá, para eso están los hospitales-, respondí agarrándome al mal humor que todavía me invadía, aunque poco a poco mi estado de ánimo iba haciendo aguas.
-Claro, por eso la gente sana se muere por venir a ellos. Cómo si yo no hubiera trabajado en uno durante años, Kevin-, dijo mi madre con mayor dotes para el sarcasmo que yo.
-Oye, con un médico tocapelotas ya...-, empecé.
-Esa lengua-, me corrigió de inmediato y yo me corregí sobre la marcha sin perder ni el aliento. Años de costumbre.
-...médico impertinente ya tengo suficiente, gracias, no necesito que saques de la jubilación a la enfermera que llevas dentro-, traté de mantenerla a raya. Iluso de mí.
-¿Ah, no quieres que te espante a las enfermeras monas que rondan por aquí, eh? He visto a una vestida con al menos dos tallas menos-, bromeó con esa sonrisa que me desarmaba.
-Mándamela-, y no pude evitar sonreirle.
-Más quisieras tú-, y sus ojos brillaron al compás de su sonrisa. Se hizo la paz.
Pasaron unos segundos de silencio, mirándonos. Desde que se jubiló ella vivía en otro estado y aunque hablabamos al menos una vez al mes no era lo mismo que estar cara a cara. Se había ido lejos, vivir en Nueva York se le hacía doloroso una vez murió mi padre y eligió una ciudad cálida donde las olas le recordaban los días de su niñez en Italia. Hombre, yo quería vivir mi propia vida, pero eso de que tu madre se dedique a vivir la vida loca en Miami me quemaba un poco. Coño, que se lo pasaba mejor que yo.
-De todas formas tu médico sí me parece un poco tocapelotas-, me dijo reanudando la conversación, quitándose la chaqueta. La verdad es que para pasar de los sesenta mi madre seguía estando muy guapa. Mantenía unas formas muy femeninas y no descuidaba su pelo, ahora de un tono castaño con mechas de un rubio pajizo. Tenía la piel morena y un correcto maquillaje, pero por encima de todo, unos grandes y luminosos ojos y una sonrisa que era como unas ganzúas, un arma de gran calibre y un salvocontucto, todo en uno.
-Esa lengua-, le seguí el juego.
-Uy, hijo, tú no me has visto en un boys-, me cerró el pico con la mirada entornada y la barbilla alzada.
-Joder, mamá, me alegro de que disfrutes pero no me des un informe, ¿vale?-, traté de cambiar de tema. Realmente no quiería saber más. Pero claro, lo que yo quisiera iba a dar igual, como cuando había espinacas para cenar.
-No seas antiguo, hijo, parece mentira que vivas en Nueva York. No te hagas el monaguillo conmigo. La última vez que me llamaste parecías mucho menos amargado-, me dijo con esa mirada resabiada que ponía cuando conocía o adivinaba la respuesta a una pregunta.
Callé. No tenía ganas de entrar en detalles. Por aquellos días había empezado a salir con Judith y la vida era brillante. Tenía ilusión por mi trabajo y una chispa en mí que ahora había desaparecido. Miles no había recibido aún un tiro por un descuido mío ni su familia pasaba las horas esperando a que despertara del coma. Judith no me había aún mirado con esa profunda decepción que me llenó las tripas de hielo.
-Este trabajo tiene estos altibajos-, dije echando balones fuera.
-Trabajo, ya. Eso cuéntaselo a la enfermera de la bata a reventar, que a mí no me engañas-, me atajó sin darme tregua.
-Déjalo estar, ¿vale? Mira, no me te preocupes, ¿vale? Me las apañaré, ya soy mayorcito por más que te empeñes. Tengo un trabajo, tengo una vida y las manejo como me da la gana, ¿vale?-, dije sin ser exactamente verdad, alzando la voz a cada palabra.
-Tres "vale" de una sola vez no son buena señal-, dijo suavemente moviendo al cabeza. Luego dejó que me calmara un poco.
-Estoy preocupada por ti, Kevin, y no hablo de la herida. Te falta estabilidad, y la profesión que has elegido no te la va a dar así como así. Te lo dice la viuda de un policía, y aún en los años felices tu padre tuvo días muy malos a cuenta de su trabajo. Que tu lleves traje en vez de uniforme no hará que te salpique menos, hijo mío-, me sermoneó por fin. Hombre, hoy lo había dejado para el final. Pero coño, cuando quería cómo sabía dar en la diana.
-Mamá, mira... voy a salir de está como sea. No se si bien o si mal, pero voy a tirar para adelante y salga como salga esa será mi vida. Tengo un caso en las manos en el que centrarme y no tengo tiempo para pensar en lo que habría podido ser y no fue ni cosas por el estilo...-, traté de afianzarme y cortar sus argumentos, pero fue ella la que me interrumpió.
-¿Quién es ella?-, preguntó de golpe, haciendome descarrilar. Mis ojos miraron a un lado y a otro mientras intentaba comprender.
-¿La muerta?-, en realidad no sabía de quién hablaba. Valiente investigador.
-No seas tonto, hijo. La chica que te ha calado tanto. ¿Te ha dejado?-, a mi madre le gustaba ir derechito a la yugular.
-Joder, mamá, me han metido una navaja en el hígado. ¿Tú a qué has venido, a por un pulmón?-, zanjé ya derrotado. Era la forma en que ella trataba de hacerme reaccionar, yo ya lo sabía, pero maldita sea, no era lo que necesitaba en este preciso momento. Casi prefería al cabrón del bastón, con el que tenía una excusa para desahogarme a puñetazos si me incordiaba un poco más. Pero esta era mi madre, y la mía era una batalla perdida de antemano.
Me sentía arrinconado y vencido, y no poco inútil. Aquí no estaba logrando nada que me alejara de mi infierno particular, tenía la sensación de que se me acababa el tiempo, de que se me terminaba el aire y las fuerzas. Parece que verme así le hizo desistir. No habló más por unos minutos, mirando mi cara cenicienta vuelta hacia abajo.
-Cassie está estupenda. Quiere hacer las pruebas de detective-, comenzó en una dirección completamente distinta, hablando ahora de un tema seguro como mi prima. Por una vez mi madre no se cebaba al verme contra las cuerdas, sino que me ofrecía una salida neutral.
-Lo hará bien, tiene buena cabeza-, respondí con poco ánimo, sumiendonos en una conversación sencilla de temas comunes como la familia o las vacaciones o cualquier otra cosa que al menos nos permitía habñar tranquilamente y hasta disfrutar de la mutua compañía.
Y así pasaron los minutos, evitando los temas difíciles porque ninguno estaba dispuesto a dar su brazo a torcer ni entender la postura del otro. Pero al menos era una forma de estar juntos y hacernos entender el uno al otro que lo valorábamos. Siempre que no tuvieramos que renunciar a las vidas que habíamos decidido vivir.