Episodio I [Kevin] - Descubrimientos

Razón, sentimientos y pasiones. Mente, espíritu y cuerpo. El alma se divide en tres. ¿En cual reside el deseo?
Director: Avhin.
Jugadores: Figaro, Gadea, Sir Alexander, Adisabeba, SamuelVimes.
Jugadores Reserva: --
Plazas libres: --
Periodicidad de los turnos: 1 por semana.

Moderador: Avhin


Re: Episodio I [Kevin] - Descubrimientos

Notapor Deanor » Mie, 02 Sep 2009 3:03

Kevin Cassidy

Mi sangre ardía a su contacto y recorría mis venas propagando un incendio incontrolable. Mis pulmones apenas sí podían acumular el aliento que se desvanecía en cada beso. Eran besos incontenibles, hambrientos de sus labios ansiosos, en los que estallaban los sentimientos que me sacudían de pies a cabeza como relámpagos en lo peor de la tormenta. Ni el infierno mismo abriéndose bajo mis pies hubiera podido retenerme.

-Olvída todo tu sufrimiento... quédate conmigo...-, le pedí inútilmente, mis palabras ahogadas por los besos. Creí cada una de sus palabras con dolorosa sensación de pérdida, pero no nos podían arrebatar el momento presente.

La estreché en mis brazos enredando mis dedos en su melena, nuestras pieles fusionándose en un baile inquieto donde no parábamos de buscarnos, incapaces de conformarnos con el contacto superficial. No disponíamos del tiempo, hubiéramos necesitado una vida para devorarnos el uno al otro, pero tenía que ser ahora, ya, antes de que nos separaran.

Era como recibir un regalo y que me robaran al mismo tiempo, como saborear la gloria y saber que la estás perdiendo. Ahora nos amábamos con fatal desesperación, un único encuentro que tendría que valer por todos, donde los sentimientos desbordados toman el lugar de los apetitos, donde las caricias son palabras y promesas eternas. Donde una mirada es el candado de los grilletes que me atarán para siempre a ella.

Manteniéndola abrazada rodé para situarme sobre ella, mis codos soportando parte de mi peso mientras mis manos memorizaban sus facciones. Mis ojos no podían abandonar los suyos ni mi boca separarse de la de ella por más de un latido. Sus piernas rodearon mi cadera para retenerme entre ellas, pero no tenía la menor intención de abandonarlas. La notaba arder bajo mi cuerpo mientras nos retorcíamos en una constante fricción que amenazaba con encender ascuas que nos abrasaran. Nuestras pelvis se retorcían con tal frenesí que buscándose la una a la otra compartían un intenso masaje que no hacía sinoincitarnos doblemente, hasta que por fin se encontraron, deslizándome en su cálido interior con suavidad. Fue como si al mismo tiempo una espada hubiera atravesado nuestros corazones al tiempo.

Sin aliento, nuestras bocas amortiguando mutuamente los gemidos que salieron de lo más hondo de cad no de los dos, los ojos clavados el uno en los del otro, recuperámos el sentido para acomodarnos antes de rendirnos al dictado de la pasión. Sentía sus manos sobre mi espalda presionando mi torso contra el suyo, y mis manos recorrían sus costados hasta la cadera y los muslos para ascender finalmente por sus brazos hasta que nuestros dedos se entrelazaron justo por encima de su cabeza.

Ahora fui yo quien alzó su torso. Su cuerpo era un visión de otro mundo, uno sin tabúes ni barreras donde los sentimientos se expresaban a traés de la piel. Hundí mi cabeza en su cuello, quería saborear cada poro pero no había ocasión, y no hubiera permitido que ni la muerte me sorprendiera lejos de sus labios. Comencé a imprimir una fuerte cadencia a mi cadera que sacudía su cuerpo a la par que el mío. Ella arqueaba la espalda multiplicando las sensaciones que le ascendían por la columna y buscándo de nuevo eliminar el espacio no separaba.

-Juntos ahora, juntos para siempre; no te fallaré, te doy mi palabra, me comprometo-, le prometí de corazón.

Nuestras voces se volvieron guturales y profundas, plagadas de gemidos y gruñidos que coreaban nuestras acciones. Soltó mis manos para, rodeando mi espalda, asirme por los hombros colgándose de mí, y me alcé sujetándola por las nalgas hasta que quedamos en vertical, sentada sobre mí, unidos hasta lo más hondo retorciéndonos rítmicamente con desesperación terminal. Los gemidos se convirtieron en aullidos, nuestro abrazo amenazó con asfixiarnos, sus piernas se ciñeron a mi cintura y mi espalda se arqueó mientras todos mis músculos se contraían al tiempo que la sentí estrangularme con todo su ser como si pretendiera absorberme para siempre, y nos dejamos ir, nos entregamos, con nuestros nombres sonando en un alarido con la voz del otro, atravesándonos en sacudidas violentas a las que respondíamos estrechándonos con más fuerza.

Volcados el uno en el otro, me sentía vacío de mí mismo y lleno de una calidez indescriptible. Besaba su hombro entre jadeos extenuados aflojando ligeramente la presión de mis brazos, incapaz de buscar su boca todavía por no soportar la idea de separarme de ella ni un milímetro. Sentía sus manos deslizar por mi espalda hasta la cama con la pesadez del agotamiento cuando su cabeza se posó en mi hombro con inquietante abandono. Recobraba el aliento y me quemaba la urgencia por besarla cuando sentí su cuerpo al completo sobre mí como un peso muerto, su cabeza cayendo sin resistencia allá donde la gravedad la reclamara. Me asustó pero sostuve su nuca con la mano y la deposité urgentemente sobre el colchón, mi estado de éxtasis sustituido por la preocupación.

Entonces empezó a sacudirse, convulsionando violentamente, mis manos no daban abasto para contenerla y su rostro se contraía de dolor. Pero su rostro era ahora más tostado y su pelo más rizado. No entendía lo que estaba viviendo y gritaba su nombre con angustia. Su piel tomó un bello tono chocolate y su pelo se torno negro profundo, su labios delicados se hicieron carnosos y pronunciados, su nariz ancha y casi sin puente, sus ojos más redondos. Sus caderas, sus senos, las pierns entre las que me encontraba no eran las de Nancy sino las de una joven de raza negra que se retorcía de dolor. Y ante mís ojos su piel se comenzó a abrir en incontables cortes que no dejaban de sangrar y por más que intentara taponarlos no podía con todos, ni podía evitar sus sacudidas ni lograr que despertara. Y Nancy ya no estaba, para mí rabia y frustración, y esta chica se me moría en las manos sin poder hacer nada por ayudarla.

-¡No! ¡No! ¡NNNOOOOOOAAAAAAARRRGGGGGHHHH!-, grité con todas las fuerzas de que era capaz.

Desde luego que lo grité, me sentía morir. El dolor palpitante en mi costado era agónico y bloqueaba todo mi cuerpo en una postura trampa. Moverme era impensable, estaba tan tenso que hubiera multiplicado el dolor que ahora me hacía sentir como si todo mi cuerpo fuera un vaso de cristal que algún cabrón estuviera sacudiendo con un cuchillo. Mi voz descontrolada reberveraba en mi habitación del hospital donde, solo en mi propia cama, permanecía enredado en las sábanas, hincando los codos para alzar la espalda presintiendo que si me relajaba me desgarraría yo solo.

-¡En-Fer-Me-RaaaAAAAA!-, grité y grité y grité incluso después de escuchar los pasos a toda carrera acercarse por el pasillo.
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Re: Episodio I [Kevin] - Descubrimientos

Notapor Avhin » Sab, 05 Sep 2009 11:30

Jueves 11 de Diciembre - Noche

El dolor se había vuelto insoportable, le ardía todo el costado, pero también la pierna y el brazo, incluso el hombro y el dolor de cabeza también se concentraba en ese lado.

- Se le han abierto los puntos - explicó una.

- No sé por qué me lo veía venir. Es lo que tiene salir de excursión... - masculló una voz irritantemente conocida para Kevin. - Pues nada, a descoserlo y a hacer otra vez el pespunte. Y esta vez en punto de cruz, que nuestro amigo se mueve más que una puta en la puerta de una discoteca...

El relajante entró en su sistema nervioso y el dolor se fue volviendo más llevadero hasta que pronto desapareció. Sentía que la camilla se movía bajo su cuerpo y las luces de los halógenos eran intermitentes. Cerró los ojos cansado, agotado y magullado y empezó a sentir sueño otra vez pero más potente que antes. El cuerpo le pesaba, no sentía la herida, las voces a su alrededor se volvieron murmullos y la luz se atenuó hasta hacerse oscura.

Entonces, perdió el conocimiento.

...
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